El Efecto Colateral del Cientificismo

Casi como una marea que se extiende en las capas de los estamentos universitarios, desde hace un tiempo ha irrumpido una especie de consigna de que todo el mundo “debe” investigar en la creencia de que así nos volveremos más investigadores, más sabios, más científicos. Este ímpetu podría buscarse en la legítima necesidad de elevar los índices de publicación en distintas revistas indexadas a la luz de la poca producción científica que se tiene en el Paraguay, claro, si se la compara con los índices de publicaciones producidas en el mundo.

De hecho, es inimaginable pensar en compararse con países que llevan ya una gran cantidad de años investigando con amplia disponibilidad de apoyo financiero surgido tanto de la contribución presupuestaria del Estado, en algunos casos, como los aportes derivados del sector privado, especialmente empresario, en estrecha colaboración, teniendo entre sus objetivos, obtener beneficiosos resultados que a la postre, se traducirá en la producción de productos y servicios dirigidos al bienestar de la sociedad.

Pero…siempre hay un pero. Habiendo tomado conocimiento de la escasísima o bien baja producción científica que tiene el país, todos salieron a imponer y obligar a que, tanto profesores como estudiantes, debían escribir artículos científicos (bueno, es un decir), llenar páginas y páginas de revistas y así, los organismos competentes en materia de habilitación y de acreditación podían “corroborar” que tal u otra institución “cumple satisfactoriamente” con la premisa de escribir y publicar.

¿Y la calidad? ¡Bien, gracias!

Aunque con el respeto que merece una gran cantidad de investigadores y docentes (y alumnos con vocación) que sí les preocupa la calidad, vale recordar que la cantidad no significa calidad. Se está induciendo a que hay que escribir, escribir y escribir casi como si por ley se quiera imponer una cultura de la investigación con lo que, el resultado, es una pobre producción que el sistema cómplice, deja que fluya. Así, docentes que no aplican criterios valorativos, que les da lo mismo que un mismo tema de investigación sea repetido sin fin, que muchos trabajos sean preparados por “tutores expertos” que, a cambio de un interesante ingreso pecuniario, les hacen sus trabajos o tesis de investigación. Si a esto le sumamos que muchos trabajos ya vienen enlatados, es decir, hechos, por la IA y los ChatGPT y otras herramientas tecnodigitales, bueno, se está ante un panorama bastante paupérrimo o como diría Zygmunt Bauman, se está ante una cultura que ha perdido su rol misional y que, en vez de ilustrar e iluminar al pueblo, busca seducir. Y en este camino, no importa las formas, la satisfacción es producir entregables que contenten a las partes sin importar si sus contenidos o fundamentos son válidos, legítimos, rigurosos o si constituyen un aporte científico e innovador.

Dicho de otro modo, prevalece el “más de lo mismo”. El efecto colateral, la dimensión del verdadero impacto podría ser el de una pobreza intelectual cada vez más profunda, la pregunta que nos hacemos es ¿será posible cambiar esto? Desde ya que sí, siempre y cuando se tomen a tiempo algunas medidas que modifiquen el actual paradigma de caída libre. ¿es malo el uso de herramientas tales como la IA u otras? Definitivamente no. Cosas muy buenas se han logrado mediante su uso, todo dependerá de la cabeza, las manos y los fines de quien las utilice. Toda herramienta que tenga un uso apropiado siempre facilitará alcanzar resultados óptimos, empero, si prevalece el sentido de “cumplir por cumplir”, de trasladar la responsabilidad fuera de uno, en definitiva, de “engañar” la buena fe de nuestros congéneres, entonces se seguirá acrecentando una mayor pobreza intelectual. No sea cuestión que las herramientas nos digan día a día qué tenemos que hacer, qué tenemos que pensar, qué tenemos que decir, cómo lo tenemos que decir, cómo lo tenemos que hacer y en poco tiempo más seremos una legión de idiotas que forman parte del rebaño.

Una mente domada, adiestrada, dormida y obediente servirá dócilmente a los nuevos amos. Durante los largos periodos de la humanidad hemos visto a dictadores dirigiendo sumisas multitudes, sólo teníamos que esperar a que alguien lo sacara del medio o que bien, se muriera. Hoy, un clic lo puede sustituir y ya el dictador no necesitará mostrarse malo, sólo una sonrisa y unas buenas herramientas que van directamente a la mente de millones de usuarios. El pensamiento crítico e inconformista, buscará que prevalezca la verdad y la honestidad intelectual evitando ser seducido por la trampa del facilismo y algunas luces que suelen brillar fuera del cerebro. Herramientas como la IA, con una capacidad de superar ampliamente el coeficiente de inteligencia de una persona (aún con un CI muy elevado) cautiva y no sería raro “abandonarse” a semejante desafío, sólo que no se trata de competir, se trata de saber gestionar mejor datos y contenidos y quizás ahí, radique el verdadero desafío del futuro.

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